sábado, 28 de noviembre de 2009

Pepitas

Pepitas y el olvido


Tengo la necesidad de escribir de mis compañeros de viaje, pues no me gusta la idea de la muerte. Entonces trato de repelerla con recuerdos y con la esperanza que alguien, aunque sea de manera fortuita llegue a leer estas líneas y mantenga así vivas a aquellas personas que en forma fugaz se han cruzado en mi camino. La vida de las personas nunca debiera de pasar desapercibida, todos de una forma u otra formamos parte del armónico concierto de la vida y merecemos al menos un recuerdo que mantenga aunque sea una leve luz que ilumine lo que en algún momento fuimos.

Apareció un día de repente, encorvada y cargando su casi único capital en la vida; una mesita de madera mugrosita, un banquito minúsculo en donde acomodaba su aun más empequeñecida humanidad y su canasta en la que cargaba su mercancía: pepitas de calabaza que despachaba en pequeños cucuruchos de papel periódico. Pidió permiso (me imagino a mi tía Aurora) de aprovechar un pequeño tejaban que estaba fuera de la ventana y así ofrecer su mercancía a toda la chiquillada que salía de la escuela primaria “Rafael Molina Betancourt” ubicada a tres casas de la casa materna, en la calle “Plan de Ayutla” colonia Ticoman. Indudablemente el mencionado lugarcito tenía potencial comercial por esa cercanía, así que ante la autorización de ocupar el lugar, su presencia se convirtió en un elemento del paisaje cotidiano.

Al paso del tiempo y de acuerdo a la época, ella enriquecía su menú de mercancías con “coquitos duros” o trozos de mezcal jugosos y dulces cual miel. Poco después la tía Aurora consiguió unos bombones que el tío Manuel (“el famosísimo león papuchón”) esposo de la tía Ángela le llevaba pues trabajaba en una dulcería y lo sumo a su magra mercancía.

Tal es el caso que al salir de la escuela del turno matutino, un nutrido grupo de chamacos se acercaba a ella demandando sus productos. Minutos más tarde se acercaban los estudiantes del turno vespertino e igualmente le consumían sus “pepitas”; De ahí su sobrenombre la verdad no creo que nadie de la familia conociera su nombre real y ante lo aparentemente insignificante de su presencia creo que a nadie le preocupó el realmente conocerlo... pero no me malinterpreten, nunca fue despreciada o humillada, al contrario desde un inicio la preocupación por su bienestar se convirtió en una cuasi-obligación por parte nuestra, de tal forma que al ver los abusos por parte de los del turno vespertino (los ya mas grandulones) que se arremolinaban para aprovechar y robarle su mercancía, fui comisionado para apersonarme a su lado después de salir de la escuela y ayudarle aunque fuera un poco a lidiar con los mañosos. De igual forma me enviaban a ayudarle a cargar al final de la jornada, entrada la tarde-noche, sus bienes hasta su pequeña y humilde vivienda. Así sin muchos rollos filosóficos aprendí que era mi obligación el ayudar a los que por su debilidad lo requieren. Esa “obligación” nunca fue una carga, ella actuaba con tal agradecimiento que la verdad fue un placer cada ocasión que le pude ayudar, aun más; al ver lo difícil que era su vida y su entereza para seguir luchando completamente sola en la vida me brindo un ejemplo de valor y coraje.

Sus ausencias por salud se volvieron cada vez más largas y así igual que llego se fue, su llegada fue nebulosa e igualmente su presencia se diluyo en nuestras vidas

Doña “Pepitas” espero que al fin pueda sonreír sin esa mueca de dolor que en todos mis recuerdos estuvo presente, yo por mi parte sigo pensándole.

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