jueves, 7 de enero de 2010
Pollitos en fuga versión original
Me declaro culpable de provocar el más grande movimiento familiar de la historia de los Pérez-Olvera a la edad de diez años:
A esa edad hui de la custodia de mi tía Aurora y me enfile hacia el puerto de Acapulco, con la compañía y complicidad de dos moconetes como yo; Ceballos y Ramón (curiosamente del uno recuerdo solo su nombre y del otro solo su apellido) El motivo para tal burrada de cada uno fue diferente, pero nos unió lo mismo; el sentir que no nos tomaban importancia y nuestra presencia constituía incluso en molestia para nuestra familia. Una exagerada disciplina de su padre para uno, la llegada de unos pequeños hermanos que le robaron la atención para el otro y la terrible soledad provocada por el cambio de domicilio para mí, fueron los causales que nos motivaron para tal decisión. La verdad no se de quien fue la idea original, pero recuerdo que alguna charla en el recreo inicio todo y un mediocre maestro de sexto año nos empujo aun mas, pues ante su amenaza latente de reprobarnos provoco tal sentimiento de temor que nos dio el ultimo empujoncito que requeríamos. Nunca habíamos sido los grandes amigos y la circunstancia fue lo que nos unió, extraña que es la vida. De cualquier forma la decisión se tomo y se planeo como cualquier importante misión militar debíamos huir; había que prepararlo:
1.-Destino
Ceballos recordó que en sus vacaciones lo habían llevado a Acapulco y conoció a muchos niños que decían vivían en la playa sin hogar pero trabajan ahí y no les faltaba comida, pues siempre quedaba la opción de pescar algo para comer o vender. Ramón estuvo de acuerdo y comento que él también conocía Acapulco y nunca hacia frio, ¡listo ni mucha ropa hacía falta! Yo ni conocía el mar pero ante tales argumentos ¡po´s ni hablar!
2.- Recursos
Primero lo primero; los económicos. Ramón se encargaría de tomar unos ahorros de su padre (algo así como doscientos de aquellos pesos) y me quedo a mí la tarea de investigar si esto era suficiente.
Después estaban los materiales, Ceballos se encargaría de proporcionar dos pares de aletas y visores que tenia para la cosa bonita de la pescada y ¡listo! Tal ves aquí valdría la pena acotar que hasta la fecha no sé nadar, pero pues no había motivo para detenerse por esas nimiedades.
3.- Logística
Aquí se viene mi participación importante en la aventura, ellos nunca habían salido solos en camión o en metro y yo cada semana recorría la ciudad desde Ticomán justo en el norte de la ciudad en donde estaba la casa de la tía Aurora, hasta el sur a la colonia Portales donde se había cambiado mi familia y pues sabia donde estaba la estación de los “Flecha Roja” en calzada de Tlalpán, que cubrían la ruta hasta Acapulco. En resumen mi labor cual precoz pollero, era el conducirlos hasta el puerto, que como ya he mencionado yo no conocía pero que importa, yo podía llevarlos y... los lleve.
Primero investigue y confirmé que el dinero era suficiente; $35 pesos por boleto en segunda clase hasta el puerto y nos quedaba algo para el viaje; si ellos tenían razón en el puerto la lana no era factor.
Después les informe el plan; el viernes temprano nos debíamos escabullir de la entrada y debíamos tomar un camión al metro Tlaltelolco, donde debíamos tomar el metro hasta la estación Hidalgo, ahí transbordaríamos a la línea 2 y tomaríamos la dirección hacia Tlalpan, aquí entraba una parte importante; Dentro de mis lecturas de la 2ª guerra mundial, los paracaidistas en misión (¡como nosotros!) debían de llegar a tierra y enterrar su paracaídas para no dejar huellas pero… estaba medio cañón el enterrar la mochila (equivalente al parachute of course you know?) en el metro, pero bastaba el dejarla bien debajo de los asientos y cuando la encontraran al final del recorrido… ¡sería demasiado tarde, no dejaríamos huellas!
En la mochila aparte de los libros debía de quedar el sweater y la camisa del uniforme, el día de la misión teníamos que traer una playera abajo para que antes de bajar del metro guardáramos esta ropa y así llamar menos la atención, ¿Qué tal he?
En fin continuemos, debíamos de bajarnos en el metro San Antonio Abad y ahí tomar el autobús para el puerto, al final ahí terminaba mi compromiso e iniciaba el de ellos.
La aventura inicio, el jueves Ramón confirmo el dinero y ya no había vuelta atrás debíamos tener valor y lanzarnos. La mañana del viernes confirmamos con los ojos lo tantas veces platicado y nos escurrimos hasta la parada del camión. Esta era una parte muy peligrosa, pues la escuela estaba a tres casas de la casa de la abuela y todo el mundo me conocía, así que corría el riesgo de ser sorprendido y tener que abortar todo. No fue así y abordamos el camión llegamos al metro y recibí el dinero para pagar los boletos, todo bien. Transbordo en Hidalgo y desaparición de pruebas ¡adiós pesada mochilota, doble placer! Línea 2 y por fin la ansiada estación de San Antonio Abad, a pocos pasos la terminal de los buses y pasamos a la taquilla, pagamos y a nadie le pareció extraño que 3 mocosos de 10 años viajaran solos a Acapulco. Todo bajo lo planeado, nos toco un viejo camión y decidimos compartir los dos asientos delanteros (3 y 4) no importaba que hubiéramos pagado tres boletos, creo que aquí empezó a pesar la conciencia. Queríamos sentir el apoyo y el compromiso de los otros para no flaquear. Sin contratiempos el viaje inicio y la admiración de mis cuates era grande, no creían que fuera capaz de llevarlos hasta ahí, pero aun no iniciaba lo bueno.
El inicio tranquilo y bajo lo planeado, parada obligada en Cuernavaca y reinicio del camino, al cabo de unos cuantos kilómetros inicio el calvario, la carcacha se averió sin posible reparación y solo nos quedo el bajarnos a esperar a que otro camión pasara y quisiera llevarnos.
Tres chamacos jugueteaban en el campo sin ganas de pensar demasiado, hasta que la espera se convirtió en horas, la tarde paso a la noche y seguíamos esperando, el hambre y el cansancio causaron estragos en nuestro ánimo y empezaron las dudas y el temor a invadirnos. Por fin ya para anochecer la fortuna se compadeció de nosotros y otra carcacha de la misma ruta por fin nos dejo continuar la travesía, fugaz alegría que se esfumo al notar que el resto del viaje tenía que ser de pie en un camión atestado y apestoso. Del hambre al mareo y del mareo al malestar generalizado, la última reserva de buen ánimo se evaporo entre los aromas de los jugos humanos.
Ya las dudas se habían convertido en francos temores, el remordimiento me invadía y empeoraba el malestar físico, justo cuando nada podía ser peor mi ángel de la guarda me sonrió; una mujer joven (veinte y tantos años pienso) sentada junto a una ventanilla me llamaba y me decía “…te sientes mal verdad” valiente de inicio lo negué, pero ella insistió y ya no lo pude negar; estaba al borde de cantar Guadalajara y me ofreció sentarme con ella junto a la ventana para que con el aire fresco se me pasara el mareo. Me sentó en sus piernas y con la ventana abierta recibí el bienestar del aire fresco. Yo empecé a sonreír y mis socios me hubieran pateado si hubiesen podido, me veían con esa famosa cara de “mendigo que suerte tienes” yo pensé que no me podían echar peores ojos, pero al ratito me di cuenta que si podían.
Ella empezó a contarme su historia, era nativa de Tecpán de Galeana en Guerrero y hacia unos años vivía en los Ángeles en California, solo regresaba a casarse en presencia de su familia y sus padres y regresaría a continuar trabajando allá, bonita historia ¿no?
La verdad nomas me estaba ablandando, la felicidad inicial duro un suspiro y acto seguido pasamos al suplicio del interrogatorio: ¿con quién viajas? ¿Solos? ¿Porque?
Cuando esperábamos junto al bus descompuesto en la carretera surgieron las primeras preguntas de algunos compañeros de infortunio y ahí realizamos un team-back y decidimos en que la versión oficial era que una tía nos esperaría en Acapulco pero… se nos olvido decidir la tía de quien porque evidentemente no éramos hermanos (Ramón moreno rasgos duros pelo quebrado, Ceballos güerito lacio y yo que siempre he parecido arbano, po´s ni como!)
En esta etapa brinco el dato y se me cayó el teatrito, salió toda la sopa y con ella la conciencia que a veces tarda pero de que llega, llega.
Mi salvadora me hablo claro y duro con argumentos tan demoledores como “¿…te gusta lavar platos?” “Porque en el puerto nomas de eso o de cargador vas a poder, sino es que te agarran para algo como pedir limosnas o peor…” ahí se acabo el director de la misión, nomas ahí llego el valor empezó la chilladera y descubrí que aquellos mendigos que antes eran mis cuates si me podían mirar peor, ahora me miraban como pa´ matarme.
Ella ofreció que si me arrepentía me pagaría gustosa el viaje de regreso a México. Decía que debía de regresar a casa con mi mamá y hermanos, que seguramente estaban muy angustiados por mí. Me resistí un poco porque chillón y todo pues yo era el líder de la misión y no era como para abandonar a la tropa nomas así, pero ella tocada indudablemente por Diosito me ofreció que si ellos querían nos regresaba a todos. ¡Así la cosa ya cambiaba y el líder siempre podía girar cambio de planes y abortar la misión!
Pero, siempre los peros, al llegar a la estación se me rebelo la tropa y olímpicamente me mandaron al carajo y lo menos que me dijeron fue rajón, aguante a pie firme y decidí continuar solo, si ellos no me querían seguir.
Dieron media vuelta y se retiraron con la famosas miradas de ¡qué poca madre güey! Y fue con ese simple acto que sellaron su destino, mismo que terriblemente les acompaño los próximos diez…
minutos cuando regresaron corriendo y pidiendo ser tomados en cuenta, por fin ellos entendían la locura y felices nos abrazamos.
Mas nuestra salvadora decidió darnos una leccioncita y condiciono el regreso a que le acompañáramos a su pueblo una hora más de camino y de ahí nos regresaríamos el día siguiente directo a México. Sin duda teníamos que aceptar y hablo con chofer del camión para que no nos cobraran el pasaje para halla.
De la alegría nuevamente pasamos a el temor llegamos a Tecpán y el pueblo estaba francamente gacho, nos llevaron a la casa de su familia en donde nos ofrecieron una Pepsi y dos, si dos mini taquitos que ni para atarantar el hambre pero en fin estábamos agradecidos, eso sí salseados con la regañiza de todos los familiares presentes (unos ocho) Los adultos sentimos que es nuestro deber tratar de educar a cualquier chamaco descarriado, en fin. Ya era de noche y nos condujeron a una habitación que decían era para visitas, pero que a mi parece más bien era el gallinero pues había muchos plumíferos encima de una cama hecha de tabiques, y cubierta con unos petates (“nomas pasan la noche aquí las gallinitas porque afuera se pierden”) Lo mejor de todo era una hamaca y gandaya que soy la apañe de volada. Mis compañeros tuvieron que compartir la cuasi cama con la galliniza y yo por mi parte con el cansancio de tantas aventuras me dormí profundamente.
La mañana siguiente nos trajo la inquietud del regreso y la desesperación de ya iniciarlo, pero la lección seguía y después de un jarrito de café negro, la instrucción de la mama fue “de menos barran el patio para que se ganen lo del viaje…”
Aquí reparo que nunca supe el nombre de nuestra salvadora y siempre la recuerdo como el Ángel que estaba en turno, ingrato que es uno. Sin embargo siempre la recuerdo con mucho afecto y agradecimiento.
Por fin casi a mediodía nos llevaron a la terminal y después de decomisar lo que nos quedaba de dinero, nos dio cinco pesos a cada uno y nos encargo con el chofer. Jamás volvimos a saber de ella, como llego desapareció así de simple. Entiendo que su misión fue esa y lo demás ya no le correspondia, de una u otra forma sabia que habia cumplido y quedo tranquila.
Al término del trayecto ya de noche llegamos a la ciudad y me despedí de mis compañeros, la aventura termino y como todo en la vida se inicio una más, una diferente…
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